El Underground en Monterrey, la ciudad debajo de la ciudad.
Descubre la historia del underground en Monterrey: punk, metal, graffiti, bares, música y espacios que dieron forma a la cultura alternativa regiomontana.
Monterrey, sus noches, sus paredes y la gente que decidió hacer cultura lejos de la luz.
A las dos de la mañana Monterrey parece otra ciudad. Los edificios corporativos están apagados, las avenidas se vacían, las montañas se convierten en siluetas negras contra el cielo y el concreto comienza a devolver el calor que acumuló durante todo el día.
Pero durante décadas, cuando la ciudad oficial dormía, otra Monterrey seguía despierta. No tenía necesariamente permisos, patrocinadores ni escenarios profesionales.
Estaba en una bodega, en una casa, en un gimnasio, en una pared, en un bar escondido del Centro, en una tocada anunciada mediante un volante fotocopiado.
Estaba en la gente que sabía dónde ir. Eso era el underground regio. Monterrey siempre ha tenido una relación extraña con la modernidad.
Es una ciudad industrial, empresarial, orgullosa de producir cosas tangibles: Acero, diner,. máquinas, carreteras, edificios.
Pero debajo de esa imagen productiva siempre existió una cultura mucho más desordenada: las pandillas, la cumbia, el barrio, los bailes, los mercados, las paredes, la calle.
Y fue precisamente en las paredes donde comenzó una de las expresiones que terminarían formando parte de la identidad underground de la ciudad.
Desde principios de los años ochenta existen evidencias del graffiti en Monterrey.
Investigaciones sobre la historia del hip hop regiomontano señalan que la ciudad desarrolló formas gráficas propias, entre ellas el apañe, las firmas y los ganchos.
Estas prácticas estuvieron relacionadas inicialme
nte con pandillas y posteriormente fueron apropiadas y transformadas por distintas culturas juveniles.
Mucho antes de que alguien utilizara la palabra street art, ya había jóvenes dejando sus nombres en las paredes. No necesariamente querían decorar la ciudad. Querían decir: “Aquí estuve.”, “Este territorio es mío.”, “Existimos.” El graffiti fue, en
cierto sentido, una de las primeras redes sociales de la ciudad. Solo que para leerla había que caminar.
El ruido debajo del ruido.
Mientras las paredes hablaban, otra generación estaba descubriendo que también podía hacer ruido. Punk, metal, hardcore, rockabilly, new wave, rock alternativo. La música llegaba desde Estados Unidos, de la Ciudad de México y de lugares que para un adolescente regiomontano de los ochenta podían parecer prácticamente otro planeta.
No existía Spotify, no existía YouTube, no podías buscar una banda a las dos de la mañana. Había que conseguir el cassette, copiarlo, intercambiarlo, grabarlo, preguntar, esperar a que alguien regresara de Estados Unidos con un disco y después enseñárselo a los amigos.
La música tenía otra textura porque conseguirla costaba trabajo. Y cuando algo costaba trabajo, pertenecer a una escena también significaba convertirse en investigador.

El nacimiento de una ciudad nocturna.
En los noventa apareció un nombre que cambiaría para siempre la geografía nocturnade Monterrey:
El Café Iguana. El 9 de mayo de 1991 abrió sus puertas en Barrio Antiguo.
El proyecto de Rodrigo Ríos —”Foni”— comenzó como un espacio relacionado conexpresiones artísticas y culturales y terminó convirtiéndose en uno de los escenarios fundamentales de la música alternativa de Monterrey.
Pero el verdadero fenómeno ocurrió alrededor. Barrio Antiguo empezó a llenarse. Las calles comenzaron a recibir músicos, estudiantes, artistas, curiosos, extranjeros, punks, metaleros, darketos, fresas, vagos, fotógrafos y gente que simplemente quería salir de noche.
El barrio adquirió otra personalidad. Monterrey estaba descubriendo que podía tener una vida nocturna que no dependiera exclusivamente de los clubes convencionales.
Y entonces ocurrió algo que el underground conoce demasiado bien: lo que estaba debajo comenzó a subir.

La Avanzada.
En los noventa, algunas bandas regiomontanas empezaron a romper el aislamiento. Zurdok, Jumbo, Plastilina Mosh, Control Machete, Genitallica, Kinky, El Gran silencio, la lista podría continuar.
La llamada Avanzada Regia convirtió a Monterrey en uno de los centros más importantes del rock mexicano de aquella época.
Y aquí aparece una paradoja.
El underground había pasado años construyendo espacios porque nadie los estaba mirando.
De repente comenzaron a mirar: las disqueras, la prensa, la televisión, los festivales, las grandes ciudades, el resto del país. Lo que había nacido en bares pequeños podía terminar en un escenario enorme. Y cuando eso sucede aparece una pregunta inevitable: ¿Sigue siendo underground algo que ya conoce todo el mundo? No hay una respuesta sencilla.
Porque una escena puede producir artistas exitosos sin dejar de producir otros que permanecen completamente al margen. El underground no desaparece cuando uno de sus miembros triunfa.
Solamente cambia de lugar.
El Roche.
Si Café Iguana representaba una puerta de entrada hacia una escena cada vez más visible, el Bar Roche representaba algo mucho más pequeño. Más sucio, más incómodo, más cercano. El Roche estaba en Ocampo en el Centro de Monterrey, y estuvo activo durante la primera década de los 2000.

Era pequeño, pero ahí convivieron rock alternativo, punk, metal, hardcore, ska e incluso hip hop. Era el tipo de lugar donde una banda podía tocar frente a poca gente y aun así sentir que estaba ocurriendo algo importante.
Aunque su vida fue corta varias bandas importantes de la ciudad se presentaron ahí, como División Minúscula o los Northsiders.
Mercado Fundadores: el subterráneo se muda.
Cuando algunos lugares desaparecieron, la escena no desapareció con ellos.


Uno de los refugios fue el Mercado Fundadores.
Con los años se convirtió en punto de encuentro para diferentes tribus urbanas: metaleros, darks, punks, emos, skatos y aficionados a distintas corrientes del rock. También recibió firmas, convivencias y actividades relacionadas con bandas. Es una imagen muy regiomontana: un mercado popular, locales pequeños, mercancía, playeras negras, discos, parches, botas, cabello largo, tatuajes, gente intercambiando información. El underground no necesitaba necesariamente un club nocturno. Podía instalarse en un mercado, podía aparecer en una tienda, podía vivir en una camiseta, podíaviajar dentro de una mochila.
Y entonces llegó el miedo.
Hay una fecha que divide la historia reciente del Café Iguana: 22 de mayo de 2011.
Esa noche, hombres armados atacaron el lugar. Murieron Pablo César Martínez —”Pablote”— y Fermín Gerardo Sánchez —”El Enano”—, ambos vinculados a la seguridad del recinto.
El ataque dejó decenas de impactos de bala en la fachada. Para quienes habían construido su vida nocturna alrededor de Barrio Antiguo, aquello no fue solamente una noticia policiaca.

Fue una ruptura. Durante años Monterrey había vivido una escalada de violencia que transformó profundamente la manera en que la gente salía, se reunía y ocupaba la ciudad.
Los lugares comenzaron a cerrar, los públicos cambiaron, las calles que antes se recorrían de madrugada empezaron a vaciarse.
Y algo particularmente cruel ocurrió: el miedo empezó a reorganizar la cultura. Las tocadas tuvieron que buscar espacios más discretos. Patios, casas, escuelas, cantinas, bares alejados, otros municipios, lugares donde nadie supiera demasiado. El underground regresaba, literalmente, debajo de la ciudad.
Hay una ironía en todo esto.
El underground había comenzado escondido porque no tenía espacio. Después encontró espacios, luego esos espacios se hicieron famosos. Después llegó la violencia. Y muchos de ellos desaparecieron
El Inframundo de Arramberri, EL Beto’s.
Hay lugares de Monterrey que necesitan una explicación.
Y luego está el Beto’s.
En el Centro, sobre Aramberri, existe un bar que parece haber sido construido con todas las cosas que normalmente deberían mantenerse separadas: punk, metal, rock, norteñas, cerveza barata, caguamas, músicos, godínez, punks, metaleros, vecinos, curiosos y gente que simplemente llegó porque alguien le dijo: “vamos al Beto’s”. Actualmente aparece ubicado en Aramberri 311, cerca de la estación Del Golfo, pero reducirlo a una dirección sería no entenderlo.

Beto’s pertenece a esa categoría extraña de lugares que no parecen intentar convertirse en una institución cultural y, precisamente por eso, terminan convirtiéndose en una.
Es uno de esos espacios donde las etiquetas importan poco: puedes llegar por una banda de punk, terminar escuchando metal o acabar cantando una norteña con alguien que acabas de conocer. El escenario está prácticamente encima del público y esa cercanía es parte de su identidad. No hay una gran distancia entre la banda y quienes fueron a verla; todo sucede a pocos metros, entre cervezas, humo, ruido y gente. Y luego está el Hombre Mojón, la tradición del Beto’s que terminó convirtiéndose en folklore de internet: si te quedas dormido después de demasiadas cervezas, puedes terminar recibiendo un baño de agua de hielera.
Es absurdo, es una tradición y, de alguna manera, resume perfectamente el espíritu del lugar.
Pero quizá lo más interesante de Beto’s es que representa una versión del underground que no necesita parecer underground. No necesita presentarse como colectivo cultural ni tener una estética cuidadosamente construida.
Es simplemente un bar donde diferentes escenas pueden cruzarse.
El Charro Negro, también en el Centro, sobre Emilio Carranza.

El lugar mantiene una programación de rock y música en vivo y ha recibido bandas de distintos géneros; incluso se han organizado ahí eventos anunciados directamente como fiestas underground. En lugares como Beto’s y Charro Negro se entiende algo fundamental sobre la escena regiomontana: el underground no siempre vive en espacios exclusivos ni necesita una identidad perfectamente definida. Puede estar en un bar pequeño, en una banda que toca para unas cuantas personas, en una caguama sobre la mesa o en alguien que llegó por una razón y terminó descubriendo otra escena. Quizá por eso estos lugares siguen siendo importantes. No porque pretendan representar al underground, sino porque permiten que el underground siga ocurriendo.
La clandestinidad dejó de ser geográfica. Se volvió cultural.
Hoy puedes caminar por Monterrey y no darte cuenta de que existe. Ese es precisamente el punto. El nuevo underground ya no necesariamente tiene una dirección que puedas señalar en un mapa. Está en los conciertos pequeños, en las bandas que tocan para cien personas, en los productores que organizan fiestas en lugares que aparecen y desaparecen, en los DJs que mezclan géneros que difícilmente escucharías en una estación de radio convencional, en los tatuadores, los fotógrafos, los diseñadores y los artistas que trabajan con una estética que todavía no tiene nombre.

Está en los morros que producen música desde una computadora en Guadalupe, San Nicolás, Santa Catarina o Escobedo. Está en quienes convierten una cochera en estudio, en quienes rentan una bodega por una noche, en quienes imprimen veinte playeras y las venden entre amigos, en quienes organizan un evento sin saber siquiera si van a recuperar el dinero invertido.
Está en la gente que no espera a que alguien le dé permiso para hacer algo.
Y quizá esa sea la diferencia más importante entre el underground de antes y el de ahora. Antes había que encontrar un lugar porque prácticamente no existían espacios para ciertas expresiones. Hoy los espacios pueden crearse temporalmente. Una bodega puede convertirse en foro durante una noche. Una casa puede convertirse en estudio. Una cuenta de Instagram puede convertirse en escaparate. Un grupo de WhatsApp puede convertirse en cartelera. Un enlace puede sustituir al volante que alguna vez pasaba de mano en mano.
Pero la necesidad sigue siendo la misma: encontrar a los tuyos.
Porque el underground nunca dependió realmente de estar escondido. Dependió de tener una comunidad. De saber que en algún punto de la ciudad había otras personas escuchando lo mismo, vistiendo distinto, haciendo fotografías extrañas, tatuando, pintando paredes, produciendo música, organizando fiestas o simplemente buscando un lugar donde no tuvieran que explicar quiénes eran.
Por eso el underground de Monterrey no murió cuando cerraron los bares, ni cuando desaparecieron ciertos espacios de Barrio Antiguo, ni cuando algunas bandas dejaron los escenarios pequeños para tocar ante miles de personas. Simplemente cambió de forma.

Antes había que conocer la dirección. Después había que conseguir el flyer. Ahora basta con conocer a la gente.
Y quizá ahí está la verdadera fuerza de esta escena: no necesita una dirección permanente para existir. Puede aparecer en una cochera, una bodega, un bar pequeño o una pantalla de celular. Puede durar una noche o convertirse en una tradición.
Monterrey seguirá creciendo hacia arriba, construyendo edificios, avenidas y corporativos. Pero entre todo ese concreto seguirá existiendo otra ciudad: una hecha de ruido, imágenes, cables, cerveza, tatuajes, amplificadores y gente que todavía quiere hacer las cosas a su manera.
No siempre será visible.
Pero mientras alguien encuentre a otros que quieran escuchar, crear y reunirse fuera de los circuitos establecidos, el underground seguirá teniendo dónde vivir.

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